Los recuerdos de la última batalla llegaban a mi mente como destellos, mientras volvíamos a nuestra ciudad. Más que una batalla había sido una masacre, ninguno de los soldados que había en ese poblado estaba al tanto de nuestro ataque y se contaban con los dedos. Nunca podré borrar de mi mente esas caras de dolor ni los llantos que se escuchaban entremezclados con los sonidos de los aceros y de las armaduras.
– ¡¡De frente!! ¡¡Al paso!!
– ¡Despierta Leg!
Cuando llegamos a nuestra ciudad nos recibieron entre vitores como valientes caballeros, nadie sospechaba la crueldad de la que acabábamos de dejar unas millas mas allá. El discurso del rey solo desveló que no sabia absolutamente nada de la batalla.
Cuando llegue a mi casa me quite la armadura y me vestí unos ropajes oscuros. Tenía un plan, tenia que largarme de aquí, pero no podía dar explicaciones de mi marcha así que espere asta la noche.
El sol se había puesto y ya tenía preparado un fardo con lo básico, me llevaba también mi espada, podría necesitarla. Antes de partir hay una cosa que debió hacer. Me dirigí hacia el monumento a nuestra diosa, Razzia, la vendían como una diosa que atrae la buena fortuna, la verdad es que yo nunca había creído mucho en ello, pero sentía que en este viaje necesitaría algo de ayuda. Cuando llegue a la entrada al recinto del monumento había un solitario fraile, con una antorcha protegiendo la entrada:
– ¡Alto! ¿Quien va?
– Tranquilo fraile soy un soldado del rey. He venido a rezarle a la diosa
– ¿Su nombre?
– Me llamo Legault y sirvo como soldado desde hace tres meses.
– Pasa pero se breve, estas no son horas para andar deambulando.
– No tardare.
Avancé por la colina hasta la estatua de la diosa, solo había estado allí en seis ocasiones tres por obligación del ejército, otra en mi bautizo, una vez más al cumplir la mayoría de edad y la última cuando partimos a esta batalla, fue mi primera batalla y seria la última. Me aliste al ejercito porque era un trabajo casi seguro, con buen sueldo y que me daría la oportunidad de ver mundo, todo eran mentiras....
Ya tenía a la diosa delante la mire fijamente a los fríos ojos tallados en piedra, tenia cara de bondad, con un vestido verde que le dejaba ambos brazos al aire y estos alzados hacia delante como protegiendo a los que la vean de frente. Me arrodille y rece una plegaria a la diosa, me levante y me dirigí colina abajo, cuando pude vislumbrar la entrada al recinto observe al fraile con unas seis personas mas ataviadas con capas oscuras y antorchas. Apague mi antorcha para que no me descubriesen y observe, se oían sus voces a los lejos pero no conseguía descubrir que decían, de pronto una de las figuras desenvaino una espada y atravesó al fraile, que cayó con un golpe seco en la noche. Las figuras avanzaron me escondí rápidamente entre unos arbustos asta que pasaron, pensé en largarme de allí de inmediato, pero no quería que nadie relacionase mi desaparición con la muerte del fraile, así que seguí al grupo de encapuchados a una distancia prudente, se dirigían a la estatua de la diosa.
Razzia se alzaba con su cara de bondad frente a esos hombres se quitaron la capucha y descubrieron sus caras y sus largas melenas rubias, no se veían muchos rubios por esta zona, así que supuse que serian del norte, me acerque a ellos escondido entre los arbustos, empezaron a hablar en un idioma extraño entre ellos y luego al unísono como un canto a la diosa, cuando terminaron su especie de canto se volvieron a cubrir la cara con la capucha y volvieron sobre sus pasos. Espere a que dejaran de oírse sus pasos en la noche y salí de mi escondite, no sabia cuanto iban a tardar en descubrir el cuerpo del fraile pero no quería estar aquí cuando lo descubriesen así que eche a correr a la entrada del recinto.
Cuando llegue mire el libro del fraile mi nombre estaba apuntado en la lista, saque un puñal que llevaba y con cuidado fui rascando la superficie de la hoja intentando borrar mi nombre, cuando conseguí borrarlo deje el libro en el suelo guarde el puñal y me fui del lugar.
Solo tenía que recoger mi paquete en mi casa y abandonar la ciudad. Una vez en la puerta de entrada mire el rastrillo en la puerta, de día las puertas de los laterales están siempre abierta para no tener que subir y bajar el rastrillo seguido pero ahora estaban cerradas y guardadas por dos guardias, por suerte yo conocía una brecha que tenia la muralla, mas que una brecha era un punto donde las piedras se separaban lo suficiente como para pasar un hombre que no sea muy corpulento acerque lance mi mochila por la brecha y luego pase yo con cuidado.
Había funcionado estaba fuera, me sumergí en el bosque y camine por el asta estar seguro de estar lo suficientemente lejos de la muralla, después salí al camino y camine tranquilo, era libre pero había algo que importunaba mi mente tenia que volver al pueblo que asediamos ese día.
Llegué al poblado a media mañana del día siguiente, había intentado dormir en el bosque, encendiendo una pequeña fogata, la cosa no fue mal asta que los pequeños ruidos de la noche y mi mente me jugaron una mala pasada, eso seguido a que la fogata se apago y no quiso volver a encenderse, me condeno a no poder dormir. El poblado estaba arrasado, no había ningún superviviente a la vista y el homenaje que le hicieron, a los nueve soldados que nos opusieron resistencia, fue cortarles la cabeza clavarla en una estaca y su cuerpo sin vida yaciendo descabezado a los pies de la estaca, todo para ver la grandeza de nuestro imperio, bahía casas ardiendo y un olor a muerto que contaminaba el ambiente, camine entre los escombros en busca de algún superviviente pero no halle mas que cuerpos sin vida aquí y allá, no se que era pero algo me decía que debía estar en ese lugar, exactamente lo mismo que cuando pensé en visitar a la diosa.
Salí del poblado y subí por la colina, aun podía ver las casas humeando me pare ahí y abrí mi paquete, quería cambiarme de ropa, cuando estaba desnudo mire al poblado y mire unas figuras paseando entre las casas me apresure a esconderme entre los arbustos además de desarmado estaba desnudo y a la vista en pleno día. Me vestí como pude entre el arbusto y me prepare rezando para que no mirasen entre los arbustos, pasaron de largo pero solo mire a cinco nórdicos, busqué al sexto con la vista y lo descubrí investigando una casa, mire que los otros cinco estuviesen lo suficientemente lejos y salí rápidamente de mi escondite dirigiéndome a la casa, lo podía ver a través de la ventana rebuscando entre los restos, estaba de espaldas a la puerta, eso me daba una ligera ventaja e iba a aprovecharla.
Entre en silencio y le di un empujón, cayo aparatosamente al suelo y cuando se dio la vuelta, con la mano en la empuñadura del arma le di una estocada en la mano, le coloque un pie en el pecho y la hoja de mi espada en la garganta.
– Nórdico ¿hablas mi idioma?
– Se algo de tu primitivo lenguaje.
– Me lo tomare como un si. ¿Que buscáis aquí?
– No te incumbe perro.
– Cuida tu lengua o te recordare por las malas quien manda aquí
– Mátame perro
– ¡Contesta! ¿Que estáis buscando en un pueblo en ruinas? ¿Por qué cantáis a mi diosa?
– Contesta tú. ¿Que buscaba tu rey en este pueblucho? Y ¿por qué veneráis a "tu diosa"?
Acto seguido se incorporo y la espada se le clavo en la garganta. Había muerto. Mis esperanzas de comprender algo de lo que había ocurrido se habían acabado con la vida del nórdico.
Registré su cuerpo con la esperanza de encontrar algo que me aclarase algo pero no encontré nada de utilidad, pero me guarde la capa, parecía bastante calida y perfecta para camuflarse en la noche.
Volví al arbusto guarde la capa y salí de ahí, no tenia una idea clara de a dónde ir ni que hacer. Seguí el camino que habían tomado los nórdicos, no sabia a donde se dirigían ni cuanto tardarían en descubrir la pérdida de su compañero pero sabía que tenían algo que ver en este tema que ya se había cobrado la vida de muchos inocentes.
Llegué a un poblado, me acerque a la posada y alquile una habitación por una noche guarde las cosas, comí algo y salí a explorar el poblado. No había visto a los nórdicos en todo el viaje, tampoco en la posada ni por el poblado y no era lo suficiente grande como para esconderse de hecho solo tenia la posada, el ayuntamiento, una tienda de armas, aunque parecían cuchillos de cocina sin afilar, una biblioteca y una plaza y unas cuantas casas. La paz que se respiraba en ese poblado era envidiable, todo el mundo era feliz y parecía ajeno a todas las guerras que azotaban todo el continente, el único contacto que tenían con el interior eran los mensajes que enviaba el rey pidiendo hombres para el ejercito, a los cuales el alcalde contestaba con un " Lo siento no disponemos de hombres para el ejercito". Me senté en uno de los bancos de la plaza y me dedique a observar a la gente pasar, a los niños jugando, a los amantes paseando cogidos de la mano, todo eso me hipnotizo asta que mire a lo lejos a dos hombres con una larga cabellera rubia, no se que me impulso a levantarme y seguirlos pero algo me decía que esta era un oportunidad que no podía dejar escapar, los vi doblar una esquina pero cuando llegue solo encontré un callejón vacío, mire por todos lados, toque las paredes de las casas pero nada, se habían esfumado sin dejar rastro. Me dirigí a la posada, estaba anocheciendo y quería pasar la noche sobre una cama de verdad, abrí la puerta de mi habitación, estaba oscuro pero podía distinguir entra la oscuridad unas figuras que me observaban...
Habían pasado tres años desde mi huida y el encuentro con los nórdicos en la posada, se podría decir que la vida me sonreía, vivía en una ciudad grande y trabajaba de mercenario, me vendía como "el mejor espadachín a este lado del océano Grainico", océano que no existía pero nadie lo sabia así que era admirado y temido por todos, entrenaba con la espada día y noche para ser un buen espadachín y he de decir que no se me daba mal del todo, por eso había sobrevivido durante tanto tiempo.
– ¡Legault!
Alguien me estaba llamando, me tome mi tiempo para abrir la puerta y encontrarme con un joven aldeano fatigado.
– ¿Si?
– ¡Legault!
- No hace falta que grites, estoy delante de ti. ¿Querías algo?
– Si por favor, necesito ayuda. Unos bandidos atacaron la granja de mi padre y esta atrapado en el granero.
– ¿Está muy lejos?
– A media milla en dirección sur
–Ya conoces mis honorarios
– Pero mi señor somos granjeros pobres, no tengo dinero para pagarte ahora
– Entonces el problema de tu padre no me incumbe
El joven granjero retrocedió con la cara pálida, como si sus esperazas se desvaneciesen, salio corriendo gritando ayuda en dirección a la plaza de la ciudad. Entre en mi casa, cogí mi espada me la coloque en la espalda y monte en mi caballo, Strategos, y me dirigí al sur.
Cuando llegue a la granja no había rastro de ningún bandido pero si la puerta del granero atrancada. Quité lo que obstaculizaba la puerta del granero y salio el padre del joven que había venido pidiendo ayuda, empuñando una horca y con actitud amenazante.
–¡¡Maldito bastardo!! Te ensartare en esta horca.
– Tranquilo ¡¡ Pare! Pare!!
– Morirás maldito.
No me quedo mas remedio que cortar la empuñadura de la horca y los amenazantes pinchos del apero del granjero cayó al suelo.
– ¡Perdóname la vida por piedad!
– Tranquilo, levántese. Su hijo vino a pedirme ayuda.
– ¡Quien eres?
– Me llamo Legault, soy un mercenario que vive en las afueras de la ciudad.
– ¿Mi hijo te pago para que me salvases?
– Me dijo que no teníais dinero. Ah si debes hacerme un favor
– Pida lo que sea
– Solo que no revele que le ayude gratis, perdería mi reputación.
– Eso esta hecho
– Sabe por donde huyeron los bandidos
– Fueron al oeste, iban a pie y partieron hace muy poco, no deberían haber ido muy lejos.
– Voy a por ellos.
Encontré a los bandidos a una milla de la granja fatigados por la caminata cargados con varios paquete, no fueron rivales dignos de mi acero, los deje moribundos en medio del camino para que los lobos se ocupasen de ellos, cargue los bultos en Strategos y volví a la granja le devolví los paquetes al granjero.
– Que Razzia te lo pague
– Si Razzia me lo pagara...
– ¿Que?
– Nada
– ¿Aun no volvió tu hijo?
– No
– Pobre, aun estará buscando ayuda. Si le veo le diré que vuelva, o no...
Partí en dirección a la ciudad, la mención a Razzia del granjero me había traído viejos recuerdos...